Nunca las segundas partes fueron mejores que las primeras...esta no es la excepción
lunes, 1 de agosto de 2011
miércoles, 13 de abril de 2011
martes, 5 de octubre de 2010
5 DE OCTUBRE...TE ACUERDAS?
Día raro este, día de recuerdos que ya no lo son, día de una memoria que se ha ido fragmentando pedazo a pedazo y que se me vuelve lento de traer a este eterno presente.
El día comenzó con la Irene y el Eduardo de once meses en sus brazos, colgados y abrazándonos nos despedimos con la incerteza de no saber si volveríamos a encontrarnos. Mañana casi de madrugada, mi padre a votar temprano y luego al clandestino local de acopio de información electoral ubicado en la calle Negrete, donde se ubicaba la Cámara de Comercio de nuestro glorioso Conchalí. Yo a un colegio de Zapadores con Gambino de apoderado general, militares, gente tímida, calles vacías, pocas micros no de las amarillas, se acuerdan Ovalle Negrete y Matadero Palma.
Los nervios acumulados y colgando de la piel, un papel notarial que acreditaba mi rango y que obviamente ante una salida de fuerza de nada me serviría.
Los rostros de Rodrigo, la Carmen y su hermana la Techi, de Rafael y de Mauricio Castillo, de su padre Don Hernán, de la chica Fresia, del flaco Marco, del Polo Quezada y su mujer; y de tantos otros que se me van olvidando por el paso del tiempo y los años vividos.
Y de pronto el milagro, las mujeres con sus cabros moquientos colgando de sus brazos a votar, primero de decenas, luego centenas y luego las filas largas como mi espera. Después el silencio, la espera, los cigarros que se fueron consumiendo uno tras otro, y como vamos compañero, yo creo que bien camarada. Y luego las urnas, como volcanes embramados comenzaron a eructar esos papeles blancos, esas marcas de lápiz mina, y no, y otro no, y otro más y que chucha hacemos ahora mira que vamos ganando, y como estará la cosa en las otras escuelas, y en el país.
Y tal como ahora, cuando estas palabras se van pegando tecla tras tecla, la tarde fue creciendo en oscuridad y las calles se fueron deshabitando como hormigas que corren a su guarida mientras un puñado de hombres y mujeres seguíamos con el alma este proceso que era y es historia. Gano el No. Los militares del colegio con rifles en ristre, viva Chile mierda, el mocoso (y yo con apenas 21 años) que hacia de enlace volaba en su bicicleta trayendo y dejando las papeletas de computo rápido. La tarea se había terminado.
A la sede de Independencia, ese local que más parecía taller mecánico que lugar de encuentro de jóvenes y adultos que queríamos un país mejor. Gano el no huevón, ganamos, por primera vez en la historia, en mi historia, no estaba derrotado, por primera vez los que sobrábamos ganábamos a aquellos que nos mantenían a puro pan, a puro te así nos tiene Pinochet.
A buscar a mi padre, mi viejo, las calles desiertas, vehículos con hombres armados pasando de vez en cuando, viejo vamonos con cuidado, camino a la casa, la puerta abierta, abrazos, esperanzas, sueños, lagrimas, las mismas que recorren mis mejillas cuando término de escribir estas palabras.
(Escrito el año 2006)
El día comenzó con la Irene y el Eduardo de once meses en sus brazos, colgados y abrazándonos nos despedimos con la incerteza de no saber si volveríamos a encontrarnos. Mañana casi de madrugada, mi padre a votar temprano y luego al clandestino local de acopio de información electoral ubicado en la calle Negrete, donde se ubicaba la Cámara de Comercio de nuestro glorioso Conchalí. Yo a un colegio de Zapadores con Gambino de apoderado general, militares, gente tímida, calles vacías, pocas micros no de las amarillas, se acuerdan Ovalle Negrete y Matadero Palma.
Los nervios acumulados y colgando de la piel, un papel notarial que acreditaba mi rango y que obviamente ante una salida de fuerza de nada me serviría.
Los rostros de Rodrigo, la Carmen y su hermana la Techi, de Rafael y de Mauricio Castillo, de su padre Don Hernán, de la chica Fresia, del flaco Marco, del Polo Quezada y su mujer; y de tantos otros que se me van olvidando por el paso del tiempo y los años vividos.
Y de pronto el milagro, las mujeres con sus cabros moquientos colgando de sus brazos a votar, primero de decenas, luego centenas y luego las filas largas como mi espera. Después el silencio, la espera, los cigarros que se fueron consumiendo uno tras otro, y como vamos compañero, yo creo que bien camarada. Y luego las urnas, como volcanes embramados comenzaron a eructar esos papeles blancos, esas marcas de lápiz mina, y no, y otro no, y otro más y que chucha hacemos ahora mira que vamos ganando, y como estará la cosa en las otras escuelas, y en el país.
Y tal como ahora, cuando estas palabras se van pegando tecla tras tecla, la tarde fue creciendo en oscuridad y las calles se fueron deshabitando como hormigas que corren a su guarida mientras un puñado de hombres y mujeres seguíamos con el alma este proceso que era y es historia. Gano el No. Los militares del colegio con rifles en ristre, viva Chile mierda, el mocoso (y yo con apenas 21 años) que hacia de enlace volaba en su bicicleta trayendo y dejando las papeletas de computo rápido. La tarea se había terminado.
A la sede de Independencia, ese local que más parecía taller mecánico que lugar de encuentro de jóvenes y adultos que queríamos un país mejor. Gano el no huevón, ganamos, por primera vez en la historia, en mi historia, no estaba derrotado, por primera vez los que sobrábamos ganábamos a aquellos que nos mantenían a puro pan, a puro te así nos tiene Pinochet.
A buscar a mi padre, mi viejo, las calles desiertas, vehículos con hombres armados pasando de vez en cuando, viejo vamonos con cuidado, camino a la casa, la puerta abierta, abrazos, esperanzas, sueños, lagrimas, las mismas que recorren mis mejillas cuando término de escribir estas palabras.
(Escrito el año 2006)
martes, 14 de septiembre de 2010
DOSCIENTOS AÑOS...¿QUÉ CELEBRAMOS?
Aquí estamos, dispuestos a recordar, celebrar, vitorear, asumir que según la historia oficial estamos cumpliendo doscientos años de vida independiente. Y aunque se perciben ciertas fracturas en el discurso oficial histórico, el sentido común estructurado y dominante nos da cuenta que la realidad, esa que se construye día a día desde distintas esferas y voces, nos pasará una vez más la cuenta.
En esta danza de ofertas de créditos de consumo, de ansiedad festiva, de deseos de sacar para afuera la bronca y la rabia para transformarla en celebración a copas alzadas y borracheras de medianoche, de cuecas bailadas entre en el ritmo del reggaetón y la voz de Américo; viviremos por unas horas el olvido de la memoria, la fragilidad del recuerdo histórico, la ceguera de los hechos que no gustan, la amnesia generalizada entre empanadas y chicha, entre asados y supermercados atiborrados de personas.
Quizás la lección que deberíamos aprender de una vez por todas es que esto es lo que somos, una nación marcada por la improvisación y los maestros chasquillas de turno, un país que se hace a pedazos tirones, una historia que se relata a medias y con voces acalladas, una patria donde nos miramos al espejo y sólo vemos rostros a media luz, tenues, sombríos.
Dejemos las cosas claras, celebramos la historia de los dominantes, de los que a punta de violencia y leyes mal escritas miran con desprecio al pueblo y sus mil rostros; celebramos la historia contada sólo por algunos, los que han vencido y se han impuesto, pero aquí no está la otra historia: la de los pobres, la de las minorías, la de la mujeres, la de los niños, la de los pueblos originarios, la mía, la tuya y la nuestra.
Entre la cumbia y los volantines, viviremos estos doscientos años. Luego el martes 21 seguiremos con nuestra vida, a medio caminar saltando, con la resaca del trago en exceso, con la acidez de tanto asado y empanada, para volver de un golpe a la realidad de todos los días, esa que nos come y nos atrapa, esa que no sabe de bicentenarios ni recuerdos, esa que nos volverá a consumir en la larga espera de que algún día la historia sea contada por todos y todas, sin excepciones, sin medias tintas.
En esta danza de ofertas de créditos de consumo, de ansiedad festiva, de deseos de sacar para afuera la bronca y la rabia para transformarla en celebración a copas alzadas y borracheras de medianoche, de cuecas bailadas entre en el ritmo del reggaetón y la voz de Américo; viviremos por unas horas el olvido de la memoria, la fragilidad del recuerdo histórico, la ceguera de los hechos que no gustan, la amnesia generalizada entre empanadas y chicha, entre asados y supermercados atiborrados de personas.
Quizás la lección que deberíamos aprender de una vez por todas es que esto es lo que somos, una nación marcada por la improvisación y los maestros chasquillas de turno, un país que se hace a pedazos tirones, una historia que se relata a medias y con voces acalladas, una patria donde nos miramos al espejo y sólo vemos rostros a media luz, tenues, sombríos.
Dejemos las cosas claras, celebramos la historia de los dominantes, de los que a punta de violencia y leyes mal escritas miran con desprecio al pueblo y sus mil rostros; celebramos la historia contada sólo por algunos, los que han vencido y se han impuesto, pero aquí no está la otra historia: la de los pobres, la de las minorías, la de la mujeres, la de los niños, la de los pueblos originarios, la mía, la tuya y la nuestra.
Entre la cumbia y los volantines, viviremos estos doscientos años. Luego el martes 21 seguiremos con nuestra vida, a medio caminar saltando, con la resaca del trago en exceso, con la acidez de tanto asado y empanada, para volver de un golpe a la realidad de todos los días, esa que nos come y nos atrapa, esa que no sabe de bicentenarios ni recuerdos, esa que nos volverá a consumir en la larga espera de que algún día la historia sea contada por todos y todas, sin excepciones, sin medias tintas.
martes, 13 de julio de 2010
EDUARDO GALEANO: EL REINO MAGICO
Pacho Maturana, colombiano, hombre de vasta experiencia en estas lides, dice que el fútbol es un reino mágico, donde todo puede ocurrir.
El Mundial reciente ha confirmado sus palabras: fue un Mundial insólito.
* Insólitos fueron los diez estadios donde se jugó, hermosos, inmensos, que costaron un dineral. No se sabe cómo hará Sudáfrica para mantener en actividad esos gigantes de cemento, multimillonario derroche fácil de explicar pero difícil de justificar en uno de los países más injustos del mundo.
* Insólita fue la pelota de Adidas, enjabonada, medio loca, que huía de las manos y desobedecía a los pies. La tal Jabulani fue impuesta aunque a los jugadores no les gustaba ni un poquito. Desde su castillo de Zurich, los amos del fútbol imponen, no proponen. Tienen costumbre.
* Insólito fue que por fin la todopoderosa burocracia de la FIFA reconociera, al menos, al cabo de tantos años, que habría que estudiar la manera de ayudar a los árbitros en las jugadas decisivas. No es mucho, pero algo es algo. Ya era hora. Hasta estos sordos de voluntaria sordera tuvieron que escuchar los clamores desatados por los errores de algunos árbitros, que en el último partido llegaron a ser horrores. ¿Por qué tenemos que ver en las pantallas de televisión lo que los árbitros no vieron y quizá no pudieron ver? Clamores de sentido común: casi todos los deportes, el básquetbol, el tenis, el béisbol y hasta la esgrima y las carreras de autos, utilizan normalmente la tecnología moderna para salir de dudas. El fútbol, no. Los árbitros están autorizados a consultar una antigua invención llamada reloj, para medir la duración de los partidos y el tiempo a descontar, pero de ahí está prohibido pasar. Y la justificación oficial resultaría cómica, si no fuera simplemente sospechosa: El error forma parte del juego, dicen, y nos dejan boquiabiertos descubriendo que errare humanum est.
* Insólito fue que el primer Mundial africano en toda la historia del fútbol quedara sin países africanos, incluyendo al anfitrión, en las primeras etapas. Sólo Ghana sobrevivió, hasta que su selección fue derrotada por Uruguay en el partido más emocionante de todo el torneo.
* Insólito fue que la mayoría de las selecciones africanas mantuvieran viva su agilidad, pero perdieran desparpajo y fantasía. Mucho corrieron, pero poco bailaron. Hay quienes creen que los directores técnicos de las selecciones, casi todos europeos, contribuyeron a este enfriamiento. Si así fuera, flaco favor han hecho a un fútbol que tanta alegría prometía. Africa sacrificó sus virtudes en nombre de la eficacia, y la eficacia brilló por su ausencia.
* Insólito fue que algunos jugadores africanos pudieran lucirse, ellos sí, pero en las selecciones europeas. Cuando Ghana jugó contra Alemania, se enfrentaron dos hermanos negros, los hermanos Boateng: uno llevaba la camiseta de Ghana, y el otro la camiseta de Alemania.
De los jugadores de la selección de Ghana, ninguno jugaba en el campeonato local de Ghana.
De los jugadores de la selección de Alemania, todos jugaban en el campeonato local de Alemania.
Como América latina, Africa exporta mano de obra y pie de obra.
* Insólita fue la mejor atajada del torneo. No fue obra de un golero, sino de un goleador. El atacante uruguayo Luis Suárez detuvo con las dos manos, en la línea del gol, una pelota que hubiera dejado a su país fuera de la Copa. Y gracias a ese acto de patriótica locura, él fue expulsado pero Uruguay no.
* Insólito fue el viaje de Uruguay, desde los abajos hasta los arribas. Nuestro país, que había entrado al Mundial en el último lugar, a duras penas, tras una difícil clasificación, jugó dignamente, sin rendirse nunca, y llegó a ser uno de los mejores. Algunos cardiólogos nos advirtieron, desde la prensa, que el exceso de felicidad puede ser peligroso para la salud. Numerosos uruguayos, que parecíamos condenados a morir de aburrimiento, celebramos ese riesgo, y las calles del país fueron una fiesta. Al fin y al cabo, el derecho a festejar los méritos propios es siempre preferible al placer que algunos sienten por la desgracia ajena.
Terminamos ocupando el cuarto puesto, que no está tan mal para el único país que pudo evitar que este Mundial terminara siendo nada más que una Eurocopa. Y no fue casual que Diego Forlán fuera elegido mejor jugador del torneo.
* Insólito fue que el campeón y el vicecampeón del Mundial anterior volvieron a casa sin abrir las maletas.
En el año 2006, Italia y Francia se habían encontrado en el partido final. Ahora se encontraron en la puerta de salida del aeropuerto. En Italia, se multiplicaron las voces críticas de un fútbol jugado para impedir que el rival juegue. En Francia, el desastre provocó una crisis política y encendió las furias racistas, porque habían sido negros casi todos los jugadores que cantaron “La Marsellesa” en Sudáfrica.
Otros favoritos, como Inglaterra, tampoco duraron mucho. Brasil y Argentina sufrieron crueles baños de humildad. Medio siglo antes, la selección argentina había recibido una lluvia de monedas cuando regresó de un Mundial desastroso, pero esta vez fue bienvenida por una abrazadora multitud que cree en cosas más importantes que el éxito o el fracaso.
* Insólito fue que faltaran a la cita las superestrellas más anunciadas y más esperadas. Lionel Messi quiso estar, hizo lo que pudo, y algo se vio. Y dicen que Cristiano Ronaldo estuvo, pero nadie lo vio: quizás estaba demasiado ocupado en verse.
* Insólito fue que una nueva estrella, inesperada, surgiera de la profundidad de los mares y se elevara a lo más alto del firmamento futbolero. Es un pulpo que vive en un acuario de Alemania, desde donde formula sus profecías. Se llama Paul, pero bien podría llamarse Pulpodamus.
Antes de cada partido del Mundial, le daban a elegir entre los mejillones que llevaban las banderas de los dos rivales. El comía los mejillones del vencedor, y no se equivocaba.
El oráculo octópodo influyó decisivamente sobre las apuestas, fue escuchado en el mundo entero con religiosa reverencia, fue odiado y amado y hasta calumniado por algunos resentidos, como yo, que llegamos a sospechar, sin pruebas, que el pulpo era un corrupto.
* Insólito fue que al fin del torneo se hiciera justicia, lo que no es frecuente en el fútbol ni en la vida.
España conquistó, por primera vez, el campeonato mundial de fútbol.
Casi un siglo esperando.
El pulpo lo había anunciado, y España desmintió mis sospechas: ganó en buena ley, fue el mejor equipo del torneo, por obra y gracia de su fútbol solidario, uno para todos, todos para uno, y también por las asombrosas habilidades de ese pequeño mago llamado Andrés Iniesta.
El prueba que a veces, en el reino mágico del fútbol, la justicia existe.
* * *
Cuando el Mundial comenzó, en la puerta de mi casa colgué un cartel que decía Cerrado por fútbol.
Cuando lo descolgué, un mes después, yo ya había jugado sesenta y cuatro partidos, cerveza en mano, sin moverme de mi sillón preferido.
Esa proeza me dejó frito, los músculos dolidos, la garganta rota; pero ya estoy sintiendo nostalgia.
Ya empiezo a extrañar la insoportable letanía de las vuvuzelas, la emoción de los goles no aptos para cardíacos, la belleza de las mejores jugadas repetidas en cámara lenta. Y también la fiesta y el luto, porque a veces el fútbol es una alegría que duele, y la música que celebra alguna victoria de ésas que hacen bailar a los muertos, suena muy cerca del clamoroso silencio del estadio vacío, donde ha caído la noche y algún vencido sigue sentado, solo, incapaz de moverse, en medio de las inmensas gradas sin nadie.
Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-149358-2010-07-13.html
El Mundial reciente ha confirmado sus palabras: fue un Mundial insólito.
* Insólitos fueron los diez estadios donde se jugó, hermosos, inmensos, que costaron un dineral. No se sabe cómo hará Sudáfrica para mantener en actividad esos gigantes de cemento, multimillonario derroche fácil de explicar pero difícil de justificar en uno de los países más injustos del mundo.
* Insólita fue la pelota de Adidas, enjabonada, medio loca, que huía de las manos y desobedecía a los pies. La tal Jabulani fue impuesta aunque a los jugadores no les gustaba ni un poquito. Desde su castillo de Zurich, los amos del fútbol imponen, no proponen. Tienen costumbre.
* Insólito fue que por fin la todopoderosa burocracia de la FIFA reconociera, al menos, al cabo de tantos años, que habría que estudiar la manera de ayudar a los árbitros en las jugadas decisivas. No es mucho, pero algo es algo. Ya era hora. Hasta estos sordos de voluntaria sordera tuvieron que escuchar los clamores desatados por los errores de algunos árbitros, que en el último partido llegaron a ser horrores. ¿Por qué tenemos que ver en las pantallas de televisión lo que los árbitros no vieron y quizá no pudieron ver? Clamores de sentido común: casi todos los deportes, el básquetbol, el tenis, el béisbol y hasta la esgrima y las carreras de autos, utilizan normalmente la tecnología moderna para salir de dudas. El fútbol, no. Los árbitros están autorizados a consultar una antigua invención llamada reloj, para medir la duración de los partidos y el tiempo a descontar, pero de ahí está prohibido pasar. Y la justificación oficial resultaría cómica, si no fuera simplemente sospechosa: El error forma parte del juego, dicen, y nos dejan boquiabiertos descubriendo que errare humanum est.
* Insólito fue que el primer Mundial africano en toda la historia del fútbol quedara sin países africanos, incluyendo al anfitrión, en las primeras etapas. Sólo Ghana sobrevivió, hasta que su selección fue derrotada por Uruguay en el partido más emocionante de todo el torneo.
* Insólito fue que la mayoría de las selecciones africanas mantuvieran viva su agilidad, pero perdieran desparpajo y fantasía. Mucho corrieron, pero poco bailaron. Hay quienes creen que los directores técnicos de las selecciones, casi todos europeos, contribuyeron a este enfriamiento. Si así fuera, flaco favor han hecho a un fútbol que tanta alegría prometía. Africa sacrificó sus virtudes en nombre de la eficacia, y la eficacia brilló por su ausencia.
* Insólito fue que algunos jugadores africanos pudieran lucirse, ellos sí, pero en las selecciones europeas. Cuando Ghana jugó contra Alemania, se enfrentaron dos hermanos negros, los hermanos Boateng: uno llevaba la camiseta de Ghana, y el otro la camiseta de Alemania.
De los jugadores de la selección de Ghana, ninguno jugaba en el campeonato local de Ghana.
De los jugadores de la selección de Alemania, todos jugaban en el campeonato local de Alemania.
Como América latina, Africa exporta mano de obra y pie de obra.
* Insólita fue la mejor atajada del torneo. No fue obra de un golero, sino de un goleador. El atacante uruguayo Luis Suárez detuvo con las dos manos, en la línea del gol, una pelota que hubiera dejado a su país fuera de la Copa. Y gracias a ese acto de patriótica locura, él fue expulsado pero Uruguay no.
* Insólito fue el viaje de Uruguay, desde los abajos hasta los arribas. Nuestro país, que había entrado al Mundial en el último lugar, a duras penas, tras una difícil clasificación, jugó dignamente, sin rendirse nunca, y llegó a ser uno de los mejores. Algunos cardiólogos nos advirtieron, desde la prensa, que el exceso de felicidad puede ser peligroso para la salud. Numerosos uruguayos, que parecíamos condenados a morir de aburrimiento, celebramos ese riesgo, y las calles del país fueron una fiesta. Al fin y al cabo, el derecho a festejar los méritos propios es siempre preferible al placer que algunos sienten por la desgracia ajena.
Terminamos ocupando el cuarto puesto, que no está tan mal para el único país que pudo evitar que este Mundial terminara siendo nada más que una Eurocopa. Y no fue casual que Diego Forlán fuera elegido mejor jugador del torneo.
* Insólito fue que el campeón y el vicecampeón del Mundial anterior volvieron a casa sin abrir las maletas.
En el año 2006, Italia y Francia se habían encontrado en el partido final. Ahora se encontraron en la puerta de salida del aeropuerto. En Italia, se multiplicaron las voces críticas de un fútbol jugado para impedir que el rival juegue. En Francia, el desastre provocó una crisis política y encendió las furias racistas, porque habían sido negros casi todos los jugadores que cantaron “La Marsellesa” en Sudáfrica.
Otros favoritos, como Inglaterra, tampoco duraron mucho. Brasil y Argentina sufrieron crueles baños de humildad. Medio siglo antes, la selección argentina había recibido una lluvia de monedas cuando regresó de un Mundial desastroso, pero esta vez fue bienvenida por una abrazadora multitud que cree en cosas más importantes que el éxito o el fracaso.
* Insólito fue que faltaran a la cita las superestrellas más anunciadas y más esperadas. Lionel Messi quiso estar, hizo lo que pudo, y algo se vio. Y dicen que Cristiano Ronaldo estuvo, pero nadie lo vio: quizás estaba demasiado ocupado en verse.
* Insólito fue que una nueva estrella, inesperada, surgiera de la profundidad de los mares y se elevara a lo más alto del firmamento futbolero. Es un pulpo que vive en un acuario de Alemania, desde donde formula sus profecías. Se llama Paul, pero bien podría llamarse Pulpodamus.
Antes de cada partido del Mundial, le daban a elegir entre los mejillones que llevaban las banderas de los dos rivales. El comía los mejillones del vencedor, y no se equivocaba.
El oráculo octópodo influyó decisivamente sobre las apuestas, fue escuchado en el mundo entero con religiosa reverencia, fue odiado y amado y hasta calumniado por algunos resentidos, como yo, que llegamos a sospechar, sin pruebas, que el pulpo era un corrupto.
* Insólito fue que al fin del torneo se hiciera justicia, lo que no es frecuente en el fútbol ni en la vida.
España conquistó, por primera vez, el campeonato mundial de fútbol.
Casi un siglo esperando.
El pulpo lo había anunciado, y España desmintió mis sospechas: ganó en buena ley, fue el mejor equipo del torneo, por obra y gracia de su fútbol solidario, uno para todos, todos para uno, y también por las asombrosas habilidades de ese pequeño mago llamado Andrés Iniesta.
El prueba que a veces, en el reino mágico del fútbol, la justicia existe.
* * *
Cuando el Mundial comenzó, en la puerta de mi casa colgué un cartel que decía Cerrado por fútbol.
Cuando lo descolgué, un mes después, yo ya había jugado sesenta y cuatro partidos, cerveza en mano, sin moverme de mi sillón preferido.
Esa proeza me dejó frito, los músculos dolidos, la garganta rota; pero ya estoy sintiendo nostalgia.
Ya empiezo a extrañar la insoportable letanía de las vuvuzelas, la emoción de los goles no aptos para cardíacos, la belleza de las mejores jugadas repetidas en cámara lenta. Y también la fiesta y el luto, porque a veces el fútbol es una alegría que duele, y la música que celebra alguna victoria de ésas que hacen bailar a los muertos, suena muy cerca del clamoroso silencio del estadio vacío, donde ha caído la noche y algún vencido sigue sentado, solo, incapaz de moverse, en medio de las inmensas gradas sin nadie.
Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-149358-2010-07-13.html
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